miércoles, 19 de marzo de 2014

Minotauros

Todos hemos escuchado el mito del minotauro: el rey que niega rendirle honores a Poseidón y este, furioso, decide vengarse; por lo cual hace objeto del deseo de la reina a un toro blanco que seduce a la esposa del renuente, apóstata y rebelde monarca. De esta unión antinatural surge un ser que la tradición caracteriza como horrendo: mitad animal, mitad humano; un hombre con cabeza de toro; "Minotauro". El rey no lo mata, no podría; después de todo el infame ser es grial de dos sangres preciadísimas: la de la reina de Creta, por un lado y la del dios del mar, por otro. El matarlo significaría un sacrilegio mayor que el que su sola existencia representa, por lo que se le ocurre una idea mejor: tiene que encerrarlo.
Sabemos que el rey contacta al mejor arquitecto de Grecia y este le construye un laberinto sin igual donde puede encerrar al engendro, sabemos también que el constructor, eventualmente, cae en la desgracia del gobernante y este lo encierra en la misma construcción y que en su momento logra escapar para matar, accidentalmente, a su propio hijo (mito que me fascina, si no me creen pregúntenle a mi perro).
Regresando a la narración primaria tenemos, pues, al minotauro vagando solo en su laberinto. Los días le son iguales, camina sin rumbo, pasa o deja de pasar incontables veces por una misma habitación, lo moja la lluvia, el sol lo golpea, le azota el frío y la noche lo cubre. Se acuesta donde le oscurece y probablemente no duerma, o tal vez sí. Cada nueve años (que para él son nueve minutos o nueve milenios) recibe visitas: catorce jóvenes vírgenes, siete machos y siete hembras con las que interactúa, con los que juega, con los que se alimenta; y otra vez la soledad, por otros nueve años (o nueve minutos o nueve milenios). Un día llega otro joven, se ve distinto, huele distinto y probablemente sepa, también, diferente. Este es completamente ajeno a cualquiera de sus anteriores amistades: este tiene destino y su destino es darle muerte. Y lo hace. El minotauro jamás supo el nombre de su verdugo y libertador: Teseo.
El mito del minotauro, herencia helénica que ha sobrevivido por tiempos, distancias, mares y religiones nos llega a nuestros días y encierra en una sola criatura que jamás podría existir un vasto significado y una analogía perfecta de lo que somos y de lo que dejamos de ser. El minotauro era mitad fiera y lo veo en cada animal que mi paso topa: Su mirada que grita salvaje inocencia, su nariz que delata curiosidad, las orejas precavidas y todo aquello que los hace ser: el pelaje ante la intemperie, la dentadura para alimentarse, el instinto para sobrevivir.
Pero el monstruo del laberinto es algo, en parte literal y figurado, más sustancioso. El minotauro es un fiel reflejo de la humanidad. Cada uno de nosotros y nuestra especie en un sentido un tanto más amplio y laxo, es un minotauro que vive absorto en su singular laberinto. El cerebro visto desde un punto de vista fisiológico (incluso fisonómico) nos da su imagen y lo evoca: El entretejido de axones que llevan las corrientes electroquímicas y en ellas las órdenes, por nuestro cerebro es un laberinto de conexiones que prenden y se apagan, se recuperan y mueren, dando valor al que quizá sea el órgano más importante de nuestro cuerpo; pero el razonamiento, la memoria y las emociones que nuestro cerebro también controla están lejos también de ser una linea recta. ¿Cuántas veces no nos hemos enfrascado en un torrente de sentimientos incontrolabes e intransferibles? ¿cuántas de esas veces hemos podido escaparnos (salir) de él? vivimos siempre en nuestro propio laberinto.
Aquí hubiera añadido al listado "la vida" pero sería caer en dos errores en los que acostumbro, tradicionalmente, a caer: en entrar a temas que no domino (casi todos) y verme muy kitsch (casi siempre), solo quiero hacer constar mi creencia de que al momento de nacer somos arrojados a un mundo sin aparente salida, con múltiples bifurcaciones y sin posibilidad de regreso.
Escribo este párrafo exactamente después de acariciar un instante a mi perro, de que oliera la computadora, de que me permitiera constatar su envidiable dentadura y espeso aliento con un bostezo en mi rostro y de verlo retirarse a vagabundear por la casa, olfatear los calcetines que me quité a medio día y dejé en el piso o a molestar a mi madre... un suspiro en la sala me da a entender que no hizo nada de lo anterior y que se fue a recostar entre dos sillones y a esperar...¿?. Al verlo a él andando por mi casa veo por un momento al minotauro andando por su laberinto y me veo a mi, andando por mi vida.



Me gustaría compartir un cuento de alguien que verdaderamente tiene conocimiento, capacidad de atracción y retención del lector, buena ortografía y redacción; cosas que fácilmente se notarán ausentes del texto de arriba.
Precioso cuento "La casa de Asterión" incluído en el libro "El Aleph" del maestro Jorge Luis Borges. Espero que lo disfruten la mitad de lo que yo lo hice en su momento.



1 comentario:

Anónimo dijo...

Magnífico. Simplemente magnífico.