jueves, 28 de enero de 2016

Andrôn gàr epiphanôn pâsa gê táphos

“joven ¿sabe usted dónde queda la calle Garmendia?” escucho y no al caminar por una de las calles del centro de la ciudad, sinceramente no logré comprender al principio, oí pero no escuché un susurro a lo lejos, en mi mente llegué a pensar “qué clase de susurro es este, de existir, el llamado de un hada sería quizá de esta manera”, incluso llegué a felicitarme por constatar el oído tan fino que aun poseo y que me permitió escuchar alguna señal de radio a lo lejos, dentro de aquel tumulto, entre el ir y venir de anónimos. Pero de repente la señal cobró forma y comprendí que era una pregunta; extrañado vuelvo mi mirada y sobre la acera veo a un hombre que está alcanzando la vejez mirándome con timidez, con el único ojo que no tenía vendado.
-dígame ¿en qué puedo ayudarlo?-
-la calle Garmendia, joven-
-es exactamente la que sigue-
-pero ¿corre com…-
-sí, señor, como esta. ¿Qué dirección busca?
-Garmendia y blvd. Rodríguez donde hay una llantera-
-es la siguiente, señor. Pero el Rodríguez aún queda lejos. Yo voy para ese rumbo, si gusta lo llevo- (sí, Hermosillo sigue teniendo el alma de una comunidad pequeña y todavía pueden encontrarse arrojados ofrecimientos como este… por convencionalismo habré de apercibir a las personas que no lo intenten en sus casas).
Como gozaba de nuevo copiloto decidí que lo mejor sería que entráramos en confianza por lo que muy sutilmente comienzo a sacarle sus generales mientras nos acercábamos al carro: “y ¿de dónde es usted, oiga? pa’ no saber la dirección”, “de un ejido, cerca de Nuevo Casas Grandes, Chihuahua, pero vivo en Agua Prieta pero vine a operarme del ojo (ahora comprendemos el lector y yo del parche que portaba el amigo) y tengo que ir a la llantera que me dijeron que…” suficiente para mi. Ahora bien: no he estado en Casas Grandes pero sé que es un municipio de Chihuahua muy cercano a la población donde viví en mi infancia, así que movido por mis conocimientos teóricos del lugar y confiado en la autoridad que me otorga el “venir de la región” me aventuro a preguntarle “¿pa’ qué lado de Casas Grandes, oiga?”. me dijo. No hace falta decir que no supe.
Al preguntarme él si conozco para allá le contesto que no, pero que mi familia vine de un pueblo de Sonora muy cerca de esos rumbos. Cuando le respondo el nombre del pueblo el asiente y dice saber, diciendo que el suyo tiene salida con otro pueblo, vecino al mío, y como es común, mientras el carro avanza, comienza a preguntarme por algún conocido suyo que trabajó en el banco rural en mi pueblo, a quien evidentemente desconozco, pero eso no lo amedrenta y prosigue con su plática donde me percato que es gran conocedor de la geografía política y del jet set serrano de mi estado al mencionarme ilustres nombres del sector ganadero regional y es ahí cuando su plática se vierte en algo que quizá muy fondo yo espera escuchar desde el principio: “nosotros conocimos a otro ganadero muy famoso de su pueblo: Mauro Zozaya ¿lo conoce?” no puedo evitar dibujar una sonrisa en mi rostro al contestarle “claro, es mi padre”, “¿es su papá?, ¿de veras? ¡mire nomás! ¡qué gusto, permítame presentarme…” y es así como termino escuchando una inesperada anécdota de mi padre. Llegamos a su destino, el hombre se deshace en agradecimientos e insiste que apunte su número para “cualquier cosa”. Muy contento se baja del carro diciéndome lo que me arroba de toda esa vivencia: “qué gusto haberme encontrado con el hijo de un hombre tan conocido”.
Me despido del hombre y emprendo mi camino, a la vez que comienzo a recordar a mi padre.
Quizá movido por la necesidad procuro compartir en redes sociales, entre mis amigos o por lo menos en una simple confidencia algún pensamiento, canción o verso cada año en el día que murió mi padre, este año no lo hice. Consideré sano comenzar a dejar descansar a los muertos. Este hecho tan fortuito, aislado, casuístico, circunstancial y hasta cierto punto azaroso ocurrió un día después del 25.- aniversario de su fallecimiento dejándome en claro que las personas no se van del todo y está latente la posibilidad constante de verlas aparecer, al doblar una esquina, al desenterrar una foto, al volver a un lugar… al platicar con un completo desconocido.

Quien se atreva a aseverar que la gente muere, poco sabe de la vida.

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