“joven ¿sabe usted dónde queda la calle Garmendia?” escucho
y no al caminar por una de las calles del centro de la ciudad, sinceramente no
logré comprender al principio, oí pero no escuché un susurro a lo lejos, en mi
mente llegué a pensar “qué clase de susurro es este, de existir, el llamado de
un hada sería quizá de esta manera”, incluso llegué a felicitarme por constatar
el oído tan fino que aun poseo y que me permitió escuchar alguna señal de radio
a lo lejos, dentro de aquel tumulto, entre el ir y venir de anónimos. Pero de
repente la señal cobró forma y comprendí que era una pregunta; extrañado vuelvo
mi mirada y sobre la acera veo a un hombre que está alcanzando la vejez
mirándome con timidez, con el único ojo que no tenía vendado.
-dígame ¿en qué puedo ayudarlo?-
-la calle Garmendia, joven-
-es exactamente la que sigue-
-pero ¿corre com…-
-sí, señor, como esta. ¿Qué dirección busca?
-Garmendia y blvd. Rodríguez donde hay una llantera-
-es la siguiente, señor. Pero el Rodríguez aún queda lejos. Yo
voy para ese rumbo, si gusta lo llevo- (sí, Hermosillo sigue teniendo el alma
de una comunidad pequeña y todavía pueden encontrarse arrojados ofrecimientos
como este… por convencionalismo habré de apercibir a las personas que no lo
intenten en sus casas).
Como gozaba de nuevo copiloto decidí que lo mejor sería que
entráramos en confianza por lo que muy sutilmente comienzo a sacarle sus
generales mientras nos acercábamos al carro: “y ¿de dónde es usted, oiga? pa’
no saber la dirección”, “de un ejido, cerca de Nuevo Casas Grandes, Chihuahua,
pero vivo en Agua Prieta pero vine a operarme del ojo (ahora comprendemos el
lector y yo del parche que portaba el amigo) y tengo que ir a la llantera que
me dijeron que…” suficiente para mi. Ahora bien: no he estado en Casas Grandes
pero sé que es un municipio de Chihuahua muy cercano a la población donde viví
en mi infancia, así que movido por mis conocimientos teóricos del lugar y
confiado en la autoridad que me otorga el “venir de la región” me aventuro a
preguntarle “¿pa’ qué lado de Casas Grandes, oiga?”. me dijo. No hace falta
decir que no supe.
Al preguntarme él si conozco para allá le contesto que no,
pero que mi familia vine de un pueblo de Sonora muy cerca de esos rumbos. Cuando
le respondo el nombre del pueblo el asiente y dice saber, diciendo que el suyo
tiene salida con otro pueblo, vecino al mío, y como es común, mientras el carro
avanza, comienza a preguntarme por algún conocido suyo que trabajó en el banco
rural en mi pueblo, a quien evidentemente desconozco, pero eso no lo amedrenta
y prosigue con su plática donde me percato que es gran conocedor de la
geografía política y del jet set serrano de mi estado al mencionarme ilustres
nombres del sector ganadero regional y es ahí cuando su plática se vierte en
algo que quizá muy fondo yo espera escuchar desde el principio: “nosotros
conocimos a otro ganadero muy famoso de su pueblo: Mauro Zozaya ¿lo conoce?” no
puedo evitar dibujar una sonrisa en mi rostro al contestarle “claro, es mi
padre”, “¿es su papá?, ¿de veras? ¡mire nomás! ¡qué gusto, permítame
presentarme…” y es así como termino escuchando una inesperada anécdota de mi
padre. Llegamos a su destino, el hombre se deshace en agradecimientos e insiste
que apunte su número para “cualquier cosa”. Muy contento se baja del carro
diciéndome lo que me arroba de toda esa vivencia: “qué gusto haberme encontrado
con el hijo de un hombre tan conocido”.
Me despido del hombre y emprendo mi camino, a la vez que
comienzo a recordar a mi padre.
Quizá movido por la necesidad procuro compartir en redes
sociales, entre mis amigos o por lo menos en una simple confidencia algún
pensamiento, canción o verso cada año en el día que murió mi padre, este año no
lo hice. Consideré sano comenzar a dejar descansar a los muertos. Este hecho
tan fortuito, aislado, casuístico, circunstancial y hasta cierto punto azaroso ocurrió
un día después del 25.- aniversario de su fallecimiento dejándome en claro que
las personas no se van del todo y está latente la posibilidad constante de
verlas aparecer, al doblar una esquina, al desenterrar una foto, al volver a un
lugar… al platicar con un completo desconocido.
Quien se atreva a aseverar que la gente muere, poco sabe de
la vida.
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