"Fe: he aquí lo más necesario al hombre. Desgraciado el que no cree en nada." -Victor Hugo.
Antonio es obrero, su calificación es deficiente y sobrevive al día, con lo que se le presente, a base de azares y de oportunidades; es un oportunista, pues, en el buen sentido de la palabra.
Como es natural, Antonio es pobre pero eso no le limita tener responsabilidades familiares: esposa ama de casa y dos hijos, el uno escolar, el otro en pañales.
Antonio realmente no tiene ambición, mucho menos codicia. A decir verdad podría vivir como vive y estar conforme; sin embargo la vida lo alcanza, le exige y no lo excusa. El país está devastado, existe un desempleo generalizado, el desarrollo es algo que solo se escucha en los medios, sobre el extranjero y el día a día consiste en un marasmo que transita entre la inmutabilidad de las glorias pasadas y el estancamiento de los tiempos presentes. Y los niños tienen hambre.
En una venturosa situación, Antonio consigue trabajo para el cual está calificado puesto que no requiere de aptitudes, cualquiera pudo haberlo tomado, pero el destino se lo otorgó a él. Sólo requiere una bicicleta para trasladarse y para colmo no la posee. Aplicando el dicho "tú di que sí y luego averiguas" toma el empleo para así tener un pretexto para quejarse de su desdicha, ya tiene la excusa perfecta para presentarse a su mujer y llorarle su desgraciado destino y su incapacidad de cambiarlo. En un arranque de esos grandes y faltos de reconocimiento actos heroicos que las mujeres suelen tener por default y de diario, con su simple apoyo y algo más, le provee el empuje (y el dinero) necesario para hacerse de una bicicleta vieja pero digna y hasta algo elegante (el hecho que sea de la marca Fides le otorga cierta solemnidad) y así tener su única herramienta.
Al día siguiente, con un relucientemente pobre nuevo uniforme y montado en su bicicleta, va a dejar a su hijo a sus labores (parece que todos contribuyen a la economía familiar) y de ahí se encamina a las propias, para desempeñarse torpe pero entusiasta en tan valorado trabajo que promete sacarlo de la pobreza extrema y colocarlo cómodamente en la pobreza a secas. Así las cosas cuando su utensilio de trabajo, su arma de combate, su herramienta de supervivencia (y la de su familia), es robada.
Para este momento ya podemos sentir como el mundo de Antonio se desmorona, corre tras el tunante montado en su bicicleta y lo vemos ver como su Fides se aleja. Intenta retornar a su trabajo pero, francamente ¿qué caso tiene? Deambula por la ciudad y regresa mucho más tarde de lo acostumbrado por un enojado por la incertidumbre, el miedo y la noche, hijo.
El día siguiente es domingo y no se labora, Antonio tiene todo un día para encontrar su bicicleta en la imponente y bella Roma.
Lo que justo comparto es la trama (y un mínimo de spoilers) de Ladri di biciclette ("Ladrones de bicicletas"), película de Vittorio De Sica, una de las exponentes máximas de el neorrealismo, movimiento cinematográfico iniciado en Italia donde el objetivo es la proyección de una realidad intensa, burda... real, valga la redundancia.
Esta realidad se ve materializada en distintos planos durante toda la película: el contexto social y económico de una Italia lastimada por la dictadura y la guerra, la pobreza generalizada en la clase trabajadora que no trabaja, las condiciones de las clases bajas, el carácter de un pueblo tan fervoroso como ferviente, la bastedad de una ciudad dualista que se traza entre la dinámica diaria y el estatismo de sus estructuras; y sobre todo, la candorosa e inevitable realidad humana.
Menciono lo anterior por un elemento medular en la trama. El protagonista busca incansablemente su bicicleta robada, perdida; pero, ¿por qué? ¿qué significa? ¿por qué tanto ahínco? La bicicleta representa calidad, dignidad para su familia, representa su propia valía, lo que mantiene y justifica su existencia en el planeta. Sin su bicicleta su familia no come, es cierto, pero también sin ella el no provee, no aporta, no cumple, no es hombre; casi, no existe... o no lo merece, o por lo menos, nuevamente, no lo justifica. Por ello, no es casualidad que el nombre de la bicicleta sea Fides, palabra en latín, lengua precursora de la lengua original de la película y también de esta, que con este escrito, profano, para fe.
En Ladri di biciclette presenciamos a un hombre en búsqueda de su fe, no en el sentido religioso, fe en la acepción de confianza, en la búsqueda de algo en qué creer, de dónde asirse, por qué vivir.
La pregunta central de la película podría reducirse a ¿encontrará Antonio su bicicleta? Pero al final resulta inevitable voltearse a ver uno mismo y reformularla: ¿encontraré yo la mía?
Para Luisa, que su fin se convirtió en su medio y su transporte recién la llevó por las citadas locaciones.
1 comentario:
Se lee interesante la reseña, definitivamente veré la película. Me atrapó el imaginarme la escena donde se refiere a las glorias pasadas y el estancamiento del presente.
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